Mientras paseaba de camino a su casa iba fijándose en los carteles electorales con las fotos de los candidatos, que parecían estatuas de cera, ni una arruga, ni un lunar, cada pelo en su sitio. -¡Las maravillas del "Photoshop"!- exclamó para sus adentros.
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No sabía si fue el azar y su subconsciente, pero ahí delante estaba la sede del partido. Decidió entrar.
- Buenos días.
- Buenos días, ¿qué desea?
- Venía a vender mi voto, ¿cuánto me ofrecen?
- ¿Cómo? Creo que se confunde. Aquí no compramos votos. ¡Esto no es una república bananera! Este es un país serio. El voto se da libre y gratuitamente.
- Ya, pero yo no pensaba ir a votar, porque gane quién gane lo único que van a tener que hacer es seguir las instrucciones de Europa. Necesito un incentivo. Además si ganan ustedes se aseguran un puesto de trabajo como político bien remunerado y seguro durante al menos cuatro años. Mi voto tiene que valer algo.
- Lo siento señor. Pero imagine por un momento que le compraramos su voto, ¿qué garantía tenemos de que usted no va a ir con el mismo cuento a los otros partidos y también les va a ofrecer su voto a cambio de dinero?
- Tienen mi palabra.
- Ya, pero no le conozco y no sé si una persona que vende su voto al mejor postor es de fiar o no. Necesitaríamos garantías antes de realizar la transacción.
- Si me pagan tendrán las mismas garantías que tengo yo de que ustedes van a cumplir con su programa electoral.